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¡Paso a las luchadoras! El Partido Obrero y la sinuosa militancia en el movimiento de mujeres
Resumen: Este artículo reconstruye la política del Partido Obrero (PO) hacia el movimiento de mujeres y las militancias femeninas, en el largo periodo que va desde su fundación en 1964 hasta la conformación en 1998 de la agrupación Plenario Autoconvocado de Trabajadoras. El objetivo es analizar cómo el PO integró el problema de la opresión femenina a su estrategia: ¿cuándo, y de qué manera ingresó la problemática dentro del partido y qué líneas específicas desarrollaron para vincularse con el movimiento de mujeres y con el feminismo en particular? La hipótesis del trabajo es que el ascenso del feminismo y la organización regular de los Encuentros Nacionales de Mujeres permitieron dislocar sentidos ya establecidos y establecer otros que ayudaron al partido a definir una línea propia.
Palabras clave: Partido Obrero, Movimiento de mujeres, Militancias femeninas, Plenario de Trabajadoras.
Step to the fighters! The Partido Obrero and the sinuous militancy in the women's movement
Abstract: This article reconstructs the policy of Partido Obrero (PO) towards the women's movement and feminine militancies in the long period that goes from its foundation in 1964 until the formation in 1998 of Plenario Autoconvocado de Trabajadoras group. The objective is to analyze how the PO integrated the problem of female oppression into its strategy: when and how the problem entered the party, and what specific lines they developed to link with the women's movement and with feminism in particular. The hypothesis of this work is to show that the rise of feminism and the regular organization of the National Meetings of Women allowed to dislocate already established senses and establish others that helped the party to define its own line.
Keywords: Partido Obrero, Women's movement, Feminine militancies, Plenario de Trabajadoras.
1. Introducción
El presente artículo busca reconstruir y analizar las políticas y formas de militancias hacia el movimiento de mujeres que se dio el Partido Obrero (Política Obrera entre 1964 y 1982), en el largo periodo que va desde su fundación en 1964 hasta 1998. La amplitud de la periodización se relaciona con la necesidad de establecer un piso de conocimiento en torno a cómo fue procesada a lo largo del tiempo la problemática de las mujeres. Hasta el momento existe muy poca bibliografía sobre la historia de PO, con excepción de algunos trabajos realizados con la anuencia del propio partido (Coggiola, 1986), y algunos otros, aún en proceso, enfocados más en los orígenes y primeros años de la organización (Díaz, 2017; Paris, 2018). Dado el carácter exploratorio que tiene la temática, nos centraremos en los rasgos más generales con el principal objetivo de establecer una periodización y algunas primeras líneas de análisis. Para ello se ha realizado una revisión del periódico partidario, Política Obrera (1964-1982) / Prensa Obrera (desde 1982), se han consultado documentos congresales y se llevó a cabo una primera ronda de entrevistas a militantes mujeres con reconocimiento dentro de las filas partidarias. Los testimonios individuales nos permitieron cruzar datos, corroborarlos, restituir nombres y experiencias sobre las que no habían quedado registro. También, acceder a subjetividades que revelan marcas generacionales y rasgos propios de la cultura partidaria, pero que, a la vez, están atravesadas por múltiples temporalidades. En este caso, no puede dejar de mencionarse que los testimonios fueron tomados en pleno ascenso del movimiento feminista en Argentina, lo cual influye en la forma de rememorar el pasado. Tampoco es posible eludir el impacto de la ruptura en el Partido Obrero, ocurrida durante 2019. Fue la primera vez que este partido sufrió una escisión de tal magnitud, al punto de quedar apartado el principal referente de la organización desde su fundación: Jorge Altamira. Ese quiebre puso fin a un fuerte imaginario interno de cohesión y fortaleza, en oposición a la supuesta cultura fraccionista propia del morenismo. Desde entonces, ha avanzado entre su militancia la tendencia a la revisión del pasado.1 La apertura hacia las entrevistas puede interpretarse en el marco de ese proceso de “deshielo”.
En este trabajo, a pesar de la larga temporalidad, interesa reconstruir: ¿cómo el PO integraba el problema de la opresión femenina a su estrategia? ¿Qué líneas específicas desarrolló a lo largo del tiempo para vincularse, o no, con el movimiento de mujeres y con el feminismo en particular? ¿Cuándo, cómo y de qué manera ingresó la problemática dentro del partido y qué debates se procesaron? Quedará para un futuro profundizar el análisis sobre los ideales femeninos y masculinos disponibles, y cómo la militancia se relacionó con ellos. En este sentido, nos preguntamos qué tensiones adicionales arrastraban las mujeres para desarrollarse como cuadros y si existían espacios para problematizarlas. Otro tema vinculado al anterior es el de la experiencia de clase entre las mujeres militantes, si tomamos en cuenta que dentro de los partidos revolucionarios también existen experiencias heterogéneas determinadas por el lugar de residencia, el tipo de empleo, el ingreso y la posibilidad de contar con redes de apoyo en el ámbito reproductivo. Quizás en este aspecto vinculado estrechamente con la división sexual del trabajo y la doble o triple jornada femenina, mucho más que en el estudio de la línea, podamos explorar las tensiones, las contradicciones y límites de las políticas de género. En esta ocasión, no profundizaremos sobre estas dimensiones, pero deseamos dejar sentada la necesidad de volver sobre ellas en el futuro próximo.
La hipótesis de este trabajo es que el PO fue un partido con dificultades para incorporar la problemática de las mujeres y de género debido a múltiples factores: una fuerte tendencia a construir parámetros de participación androcéntricos, la creencia antifeminista de que la organización separada de las mujeres operaba en favor de la división de la clase obrera2 y, finalmente, una cultura de la delimitación que los condujo a priorizar el objetivo de diferenciación y denuncia del movimiento de mujeres y del feminismo por considerarlo “policlasista” y “burgués”, antes que a construir alianzas sobre la base de acuerdos existentes. Fue la expansión del movimiento de mujeres la que logró, a mediados de la década de 1990, permear a la militancia y abrir una brecha para iniciar el debate y el desarrollo de una línea propia.
2. La urgencia de una generación
El primer nombre del Partido Obrero fue Política Obrera y su origen se remonta a 1964 cuando un pequeño grupo de varones porteños, jóvenes de entre 18 y 22 años, rompieron con otras pequeñas organizaciones para dar lugar a la nueva formación política. La fundación de PO tuvo lugar en una etapa de redefiniciones dentro del campo de las izquierdas y de intensa deliberación respecto de las estrategias más adecuadas para la revolución en Argentina. Durante los primeros tiempos, registraron un crecimiento entre los sectores estudiantiles en concordancia con el origen social y etario que definía al grupo fundador. La actividad se concentró fundamentalmente en delinear un programa que los distinguiera. En aquel entonces, la pregunta que urgía responder era ¿para qué fundar otro partido? La respuesta vino de la mano de un proceso de demarcación respecto de las principales opciones y debates que atravesaban a la izquierda en aquellos años. Resumidamente, el grupo de Política Obrera descartaba cualquier opción frente populista y de acercamiento al peronismo y, también, el camino de la lucha armada. En el centro de su estrategia política estaba la consideración de que la clase obrera era el sujeto prioritario de la revolución socialista. Por tanto, la principal tarea del partido era crecer en su seno proponiendo un programa que trabajara por reivindicaciones inmediatas, pero sin perder de vista su necesaria articulación con un programa máximo. Esta caracterización llevó al partido, por mucho tiempo, a estructurar un trabajo político fundamentalmente en dos frentes: el universitario y el fabril, vía la proletarización total de algunos militantes. En los años 80 y, con más fuerza, en los 90 se sumaron las tareas territoriales, pero inicialmente la estructura y el desarrollo partidario les impedían tal desdoblamiento.
Un aspecto central de su identidad desde su fundación es la diferenciación respecto de la otra tradición trotskista argentina: el “morenismo”, en alusión a la sucesión de agrupamientos liderados por Nahuel Moreno. De alguna manera, su propia existencia quedaba fundamentada a partir de allí. El trabajo sistemático por la delimitación, defendida como método de esclarecimiento político, constituía una especie de principio irrevocable para el PO y quizás explique cierta dificultad para establecer alianzas con espacios no resueltamente socialistas, como el movimiento de mujeres. Si bien podría decirse que el debate teórico-político es constitutivo del campo de las izquierdas, no todos los partidos y organizaciones han actuado igual frente a su política de alianzas. De acuerdo con Jorge Altamira, el camino de la unidad de la izquierda no pasa por construir sobre la base de los acuerdos, sino por clarificar aquellos puntos sobre los que existen diferencias (Comité Nacional del Partido Obrero, 2006). Si bien este principio no obliteró la participación del partido en ningún movimiento social, moldeó una conducta que priorizó sus propias posiciones por encima del sostenimiento de espacios de construcción común con organizaciones con las que no compartía el mismo programa.
Con relación a la problemática de las mujeres, el PO fue el partido de izquierda que más tardíamente comenzó a abordarla. Entre 1964 y 1993 el análisis de la opresión femenina no mereció un tratamiento específico. En los años 1970 sostuvieron reivindicaciones como el derecho al aborto legal y la protección a la maternidad, pero que no iban acompañadas de mayor producción teórica ni acciones concretas (Casola, 2021). Tampoco las mujeres militantes instalaron esos debates. De alguna manera, aquella militancia revolucionaria, cuya agenda era otra, puede pensarse como la forma preponderante que cobró la ruptura femenina con los roles tradicionales (Vasallo, 2009). Sin embargo, varones y mujeres de aquella generación de jóvenes de izquierda tenían la convicción de que confrontaban con los discursos hegemónicos en términos de familia, pareja y domesticidad. De un lado, emergió un ideal de masculinidad que habilitaba en forma novedosa una matriz sensible que confrontaba con los modelos dominantes (Cosse, 2019). Esa emotividad como componente político fue, a su vez, lo que acompañó el ingreso de las mujeres en la militancia revolucionaria, sin llegar a desarmar completamente las distintas formas de subordinación. De otro lado, resulta sintomático que en las entrevistas las mujeres enfaticen los niveles de libertad individual que tenían con sus pares, en contraposición a la crianza que habían recibido.3 En cierto sentido, puede pensarse que el compromiso militante en sí era experimentado como un mecanismo igualador con los varones. Las militantes recuerdan ese periodo como un momento de oportunidad para ellas mismas, que las diferenciaba de los modelos de mujeres domésticas, las “susanitas”.4 Estos cambios, también se vivenciaron a nivel de la sexualidad. Un ejemplo lo proporciona el testimonio de Ileana Celotto, para quien dentro de Política Obrera se ejercía con mucha libertad:
La impresión que tengo yo, y que hemos hablado con amigas de esa época, es que todo era mucho menos prejuicioso. Pensá que, en los años 70, era la época de la revolución sexual, de las relaciones libres, […] y, por lo tanto, los vínculos amorosos, por ejemplo, eran mucho más sueltos, más libres que ahora. No existía el SIDA. Aparte, había más libertad en las relaciones, no había tanta moralina (Entrevista de la autora a Ileana Celotto).5
Ileana se incorporó al partido con 17 años. Venía de una familia de clase media de la Capital Federal y estudiaba en el colegio secundario Nacional Buenos Aires. En su historia la radicalización política venía acompañada del goce de una nueva libertad personal para las mujeres, que se ponía en juego en una forma de ser colectiva.
Estos ideales de mujer liberada fueron resistentes al paso del tiempo y se prolongaron en los años siguientes. Deben tomarse en cuenta algunas particularidades: a diferencia de lo que ocurrió en las organizaciones político-militares, brutalmente diezmadas por el terrorismo de Estado, los partidos de la llamada izquierda “no armada”6 sobrevivieron mejor a la represión, logrando sostener ciertas estructuras y niveles de militancia. En estas formaciones los procesos de ruptura fueron menores y se mantuvo un sentido de continuidad con los modelos y prácticas construidas en el pasado.
A pesar de la fuerza de estas representaciones, la distribución de los liderazgos al interior del partido estaba muy lejos de la equidad de género. Dentro de Política Obrera, eran muchas las mujeres militantes, pero solo excepcionalmente ocuparon espacios de máxima dirección. Desde su origen, PO construyó y reprodujo un tipo de liderazgo esencialmente masculino que tendió a perpetuarse en el tiempo. El grupo fundador estaba en su totalidad compuesto por jóvenes varones pertenecientes a la clase media, muchos de los cuales continuaron teniendo roles dirigentes con gran visibilidad pública en las décadas siguientes.7 Fueron quienes ocuparon los lugares en el Comité Central, quienes dirigieron los principales frentes partidarios y también los encargados de elaborar la línea teórica del partido. Basta como ejemplo, el análisis de la revista teórica del partido En Defensa del Marxismo, que comenzó a publicarse en 1991, para constatar el escaso espacio que se otorgaba a las mujeres en esa tarea. Recién en el año 1996 apareció una nota escrita por una mujer: se trataba de un texto de Ana Lucía Gomes Muniz, sobre Marx y Engels y la Revolución Española de 1854-1856 (Gomes Muniz, 1996). Inclusive, la masculinización de la actividad política quedó plasmada en el plano de la construcción simbólica con la elección en 1982 de la silueta del “obrerito”, como se lo llama en la jerga partidaria, para oficiar de distintivo de la prensa. Se trata de la silueta de un hombre adulto, robusto, que sostiene la bandera del partido en alto.
Desde luego, hubo mujeres que lograron romper esa fuerte sociabilidad masculina de la dirigencia. Por ejemplo, Catalina Guagnini, reconocida dirigente de Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas, que en el año 1983 fue candidata a vicepresidenta junto con el dirigente obrero Gregorio Flores. No obstante, el caso de Guagnini constituye una excepción que se relaciona con el contexto de la transición democrática y lo que representaba para el partido levantar una candidatura con trayectoria en el movimiento de derechos humanos. El ideal de militancia implicaba el sostenimiento de valores tales como la disciplina, la entrega total del tiempo a las responsabilidades partidarias, sin que fueran consideradas las dificultades de la vida cotidiana para llevarlas adelante. En la práctica, es posible pensar -y algunas entrevistas lo corroboran- que las exigencias de esa militancia operaban en contra de la inserción plena de las mujeres en un contexto donde, además, no se cuestionaba a fondo que fueran las encargadas de la crianza de hijos e hijas, y del sostenimiento de las tareas domésticas. Así lo recuerda Alicia Schejter, quien desde 1982 sostuvo una doble militancia entre el feminismo y el PO:
El feminismo tenía razón, eran estructuras machistas […] Lo que pasaba era que la mayoría de los militantes iba a las reuniones porque, total, tenían a las mujeres cuidándoles las espaldas, cuidando a los hijos, haciendo la comida. Incluso, a nivel de los militantes fue más grave, porque muchas veces se quedaban sin trabajo por su actividad político-sindical y se los tenía que bancar la mujer. Había muchas cuestiones que ahora llamaríamos de poder dentro de las parejas (entrevista de la autora a Alicia Schejter).8
Si bien esta característica no termina de escapar a la lógica predominante de la época, en otras formaciones de izquierda era problematizada (Casola, 2021). En cambio, dentro de PO no existía como preocupación pensar de qué modo podían promover las militancias femeninas. En las entrevistas realizadas aparecen las tensiones que afrontaban las mujeres frente a los desafíos que suponía la doble o triple jornada. En algunos casos, cuando el mandato doméstico pesaba sobre el político, las tensiones tendieron a resolverse con el abandono de la militancia, al menos temporal. Para muchas jóvenes de la generación de los 70’ y 80’, la ruptura de los idearios de domesticidad tradicional supuso la asunción de nuevas cargas y tareas, sin relevo ni reparto de los quehaceres hogareños. En otros casos, cuando lo que se decidía era anteponer la militancia, se rememora aquel tiempo con cierta sensación de falta por el mandato que no logró cumplirse plenamente. Alicia Schejter, por ejemplo, reflexiona que entre los diferentes roles que encarnó a lo largo de su vida:
…el que más felicidad me dio, fue el de abuela. Yo las crie porque quería un poco devolver… Imagínate que, con una vida tan agitada, siempre me sentí culpable porque no les di [a mis hijas] suficiente atención, así que cuando ellas tuvieron a sus hijas yo las crie (entrevista de la autora a Ileana Scheiter).
También Ileana Celotto menciona la maternidad y las tensiones que suponía querer cumplir con los distintos mandatos:
Yo tengo un recuerdo de la época de la dictadura. Un sábado, un día anterior al día del niño. Tengo esa imagen que para mí fue determinante, una imagen mía, un sábado al mediodía. Nicolás tenía cuatro años, más o menos, yo estaba viajando en colectivo, estaba yendo a la casa de mi abuela donde estaba Nicolás, y se ve que estaba un poco compungida, culpable de dejarlo a Nicolás. Subió un muchacho a vender libritos, rompecabezas, alguna cosita así baratita de las que se vendían en los colectivos y me acuerdo que pensé: Nicolás, todo lo que yo hago, todo lo que estoy haciendo lo estoy haciendo para vos y para todos los demás. Se ve que estaba un poco… porque lo dejaba y para mí eso me marcó en el sentido de por qué seguir militando (entrevista de la autora a Ileana Celotto).9
La entrega, la disciplina, la dedicación del tiempo propio a la militancia era vivida no sin tensiones. Militar, significa, ante todo, disponer de tiempo para desarrollar esas tareas y restarlo a otras actividades y responsabilidades. Para las mujeres adultas, con niños a cargo y responsabilidades domésticas, militar (y trabajar) implicaba poder descargar parte de las tareas domésticas sobre otras personas, generalmente otras mujeres. A pesar de la existencia de un imaginario según el cual la militancia liberaba a las mujeres y las colocaba en un lugar de paridad con sus compañeros, la deconstrucción de los mandatos maternos y domésticos supuso un recorrido mucho más complejo, amasado de felicidad y, también, de renunciamientos.
3. La “cuestión de la mujer” ingresa al programa
A partir de 1983 el contexto comenzó a presentar modificaciones, acompañado de la irrupción pública del movimiento de mujeres.10 En la plataforma electoral para las elecciones de 1983 incluyeron un punto que planteaba la “abolición de todas las leyes que pongan a la mujer en inferioridad respecto al hombre (ejemplo, patria potestad). Derecho al divorcio. Acceso gratuito a los medios anticonceptivos y derecho al aborto gratuito”.11 En 1984 el Partido Obrero participó en la Multisectorial de Mujeres que organizó la primera manifestación pública por el 8 de marzo, a pesar de que las demandas por el aborto y el divorcio vincular no formaron parte del pliego reivindicativo. Se trataba de un espacio multipartidario cuya hegemonía estaba en manos de la Unión Cívica Radical y del Partido Justicialista (ver Tarducci, 2019 y Grammático, 2020). En los siguientes años, los reclamos como el derecho al divorcio vincular, la patria potestad, la igualdad salarial, la protección a la maternidad y el derecho al aborto legal, continuaron presentes en el programa sin que el partido participara activamente en ninguna de las instancias del movimiento de mujeres. Las acciones eran esporádicas y generalmente se las encaraba en el marco de lo que PO denominaba como “libertades democráticas”. Es decir, que el eje giraba en torno a la conquista de la igualdad y la crítica del Estado capitalista por inconsecuente en el cumplimiento de los derechos individuales, sin que fuera acompañado de un análisis sobre las razones de la opresión específica de las mujeres.
Podemos pensar que esta ausencia de reflexión teórica se debía a la combinación de dos factores: 1) la idea de que las demandas femeninas debían ser incorporadas al programa del partido sin necesidad de que las mujeres se organizaran de manera separada; 2) la desconsideración de que dentro de la organización pudiera existir discriminación hacia las mujeres. Dicho de otra manera, la opresión de las mujeres estaba afuera del partido.
El debate sistemático en torno de la “cuestión de la mujer”, como se la llamaba por entonces, irrumpió en 1993. Desde entonces, se inició una etapa de construcción de una línea de intervención propia para el movimiento de mujeres, que condujo en 1998 a la creación del Plenario Autoconvocado de Trabajadoras.
El puntapié inicial lo dio una militante de base de Tucumán, Lucía Ferreira, cuando envió a la sección “Correo de lectores” un informe muy pormenorizado donde reivindicaba las dinámicas y los contenidos de los Encuentros Nacionales de Mujeres (ENM), organizados desde 1986 (para una historia de los ENM, véase Alma y Lorenzo, 2009). y criticaba al partido por la poca atención y hasta la subestimación que hacía de los mismos (Ferreira, 1993). Lucía había participado a pedido de su responsable político (nombre con que se designa a quien dirige políticamente un círculo, fracción o regional del partido) con el propósito de caracterizar el ENM y verificar las presunciones del partido sobre los mismos. Número tras número, esta sección del periódico se fue poblando de voces que escribían para opinar sobre el tema, lo que muestra hasta qué punto el informe había tocado una fibra sensible en las filas militantes. En general, los y las militantes que habían decidido intervenir en el debate, señalaban que no estaban de acuerdo con que los varones no pudieran participar de los ENM o descalificaban el informe de Lucía utilizando epítetos como “democratizante” o “movimentista”. La multiplicación de intervenciones con un tenor parecido motivó una segunda carta de Lucía, en la que profundizó algunos de los argumentos y volvió a expresarse en favor de la participación del partido en los ENM, valorando el aporte que hacían en la construcción de subjetividades críticas:
El Encuentro convoca abiertamente a las mujeres sin hacer discriminaciones de ningún tipo. […] En este sentido creo que estaría de más hacer discriminaciones como, por ejemplo, convocar a “mujeres trabajadoras” o, peor, “mujeres por el socialismo”. Cualquier definición estaría quitándole a las mujeres que no encajan en la misma, pero que, no obstante, inician un cuestionamiento de la sociedad en que viven, la posibilidad de ampliar sus conocimientos, ideas, discutir los problemas de los trabajadores y ensayar posibles soluciones (Ferreira, 1993b).
De esta manera Lucía reconocía que los Encuentros no eran socialistas, pero, en su opinión, justamente por eso el partido debía intervenir. Los ENM acercaban mujeres con tradiciones y trayectorias diferentes, es decir que los transformaban en una tribuna ideal para hacer conocer y circular las ideas socialistas: “…que el encuentro no es clasista ni revolucionario lo sabemos desde el vamos. Pero como ni todos los colores se resumen en blanco y negro, no todos los encuentros son obreros o burgueses.”
Finalmente, la cuestión saltó a las páginas centrales de la prensa partidaria, lo que denotaba que la dirección del PO había resuelto sentar una posición oficial sobre el tema. El elegido para escribir y desarrollar la posición oficial del partido fue Daniel Blanco, no casualmente responsable de la misma regional en la que militaba Lucía. Que el encargado de desarrollar la voz oficial haya sido un hombre expresa hasta qué punto el partido desconsideraba que fuera importante que las mujeres se transformaran en voceras de sus propias luchas, pero también puede interpretarse como una intervención de autoridad para limitar el efecto del escrito de Lucía. En aquella respuesta, Daniel Blanco afirmaba que existía una doble opresión de la mujer, como trabajadora y como esclava del hogar. Pero, luego, repetía lo que Engels había escrito respecto de cómo las relaciones capitalistas tenían como involuntaria virtud, socavar la estricta división del trabajo sexual. Sin embargo, al no reconocer que justamente esa esclavitud doméstica era ejercida por varones, desdibujaba la especificidad de la opresión femenina. La cuestión volvía a remitirse a que la liberación de la mujer:
…solo se logrará con la abolición de clases […] y cuando el nivel de las fuerzas productivas haya alcanzado un grado tal de desarrollo que permita que el conjunto de las tareas económicas de las familias que esclavizan a la mujer sea absorbido por la sociedad socialista (Blanco, 1993, p. 10).
Por esa vía, lo personal seguía sin ser político y los varones podían continuar sintiéndose relevados de compartir las obligaciones domésticas. Hacerlo o no quedaba librado a los acuerdos individuales dentro de cada pareja. Luego remataba:
…el PO, siguiendo la tradición del marxismo revolucionario, plantea que la liberación de la mujer se integra a la estrategia revolucionaria de la clase obrera […] En este sentido, sostenemos que no existe una cuestión estrictamente femenina y que las reivindicaciones de la mujer se deben unir con la lucha de los demás explotados, en contra de los explotadores de ambos sexos (Blanco, 1993, p. 10).
Para la dirección de PO luchar por la liberación de las mujeres era igual a luchar por el socialismo, lo que tornaba irrelevante la existencia del movimiento de mujeres o, peor aún, lo transformaba en divisionista. Blanco afirmaba:
El PO debe desenmascarar el contenido burgués de estos movimientos y sus limitaciones insalvables para alcanzar la liberación de la mujer dentro del marco capitalista, denunciando además que su política de división de los explotados solo puede favorecer a la dominación burguesa de la sociedad (Blanco, 1993, p. 10).
Nos detenemos en la posición de Daniel Blanco, no porque fuera la única, sino porque era representativa de la opinión de la dirección del partido que, en definitiva, era la responsable por el desarrollo de la línea. No obstante, la nota, al mismo tiempo que ponía palabras a la delimitación con el feminismo, abría una fisura: afirmaba que la política hacia la mujer debía ser incorporada como debate del VI Congreso del partido. Quiere decir que el planteo de Lucía fue escuchado, probablemente porque encarnaba un malestar más general. Se sugería votar un plan de acción que debía incluir:
…la creación de una Comisión Central encargada del trabajo sobre la mujer […]; preparar la intervención en el próximo Encuentro de Mujeres a realizarse en la provincia de Corrientes […]; asumir la responsabilidad de un espacio fijo en “Prensa Obrera” destinado a las denuncias y las luchas de la mujer” […] y una campaña para rescatar el 8 de marzo como jornada internacional de lucha de la mujer trabajadora contra el capital (Blanco, 1993b, p. 9).
Este cambio, no del todo reconocido como tal, nos permite mostrar que el crecimiento del movimiento de mujeres lograba permear a la organización, tensionando la idea de una igualdad ya alcanzada dentro del partido. De acuerdo con otra entrevistada, Mónica Urrestarazu:
En los 90 no había una perspectiva de género dentro del partido, como no la había casi en ningún lado a mi juicio. Pero sí existía una incipiente rebeldía, un despuntante malestar, por llamarlo de alguna manera: sentíamos que era injusto que las mujeres tuviéramos un techo de cristal (aunque no lo llamábamos así), según el cual podíamos ser responsables de prensa o responsables de finanzas, pero no responsables políticas, con la excepción de Ana de Once y Mari de Barracas en Capital. Paradójicamente, en mis charlas con ambas jamás sentí que ellas tuvieran algún malestar sobre la cuestión; incluso en el caso de Ana estaba muy orgullosa de ser responsable de uno de los locales más grandes “a pesar” de ser mujer (entrevista de la autora a Mónica Urrestarazu).12
Al comenzar 1994, el debate continuó por los canales iniciales y se profundizó en el marco de Prensa Obrera. En efecto, el VI Congreso desarrollado en diciembre de 1993 debatió la cuestión y aprobó la incorporación de una sección “Mujer” dentro del periódico. Sin embargo, la problemática no evolucionó exactamente en el sentido que había planteado Lucía en sus documentos. Por lo contrario, en ese año fue cristalizando una posición crítica del Encuentro Nacional de Mujeres, que remarcaba que, por su origen y fuentes de financiamiento, representaba los intereses del imperialismo (Oviedo, 1994, p. 15). Podría decirse que la incorporación de las luchas específicas de las mujeres ganaba lugar, pero con dificultad para encontrar equilibrio entre las reivindicaciones democráticas, que por su naturaleza incluían a todas las mujeres, y su articulación con un programa estratégico de contenido resueltamente socialista, lo que inevitablemente conducía a la delimitación de clase.
Desde entonces, el PO se dio a la tarea de intervenir en los ENM, pero con la línea de demarcación del “feminismo burgués” y de crítica a los métodos de deliberación sin instancias resolutivas. El partido consideraba que este método operaba en contra de la posibilidad de poner en pie un plan de lucha que tuviera real capacidad para lograr conquistas. Asimismo, fue tomando fisonomía una lectura que criticaba la caracterización de la mujer como una totalidad oprimida. En su lugar, se hacía hincapié exclusivamente en las trabajadoras. El temor al “divisionismo” de la clase obrera condujo al partido, en ocasiones, a adoptar posturas conservadoras y evitar el abordaje de problemáticas no relacionadas directamente con el ámbito público y laboral. La crítica a lo que hoy denominamos “sororidad” se tradujo en la resistencia a reconocer que al interior de la propia clase era necesario “ajustar cuentas”. Por caso, Mónica recuerda que, si bien la violencia machista se abordaba, existía “el famoso recaudo: ‘el varón, que es víctima de la opresión de clase, suele llegar a actitudes violentas, etc.’, un modo de enunciar que no dejaba de ser contemporizador” (entrevista de la autora a Mónica Urrestarazu).
Junto con ese proceso de mayor reflexión comenzaron a recuperar los aportes del marxismo clásico, en especial las menciones de Carlos Marx respecto del trabajo de las mujeres, Federico Engels, Clara Zetkin y Alexandra Kollontái. La relectura de estos trabajos le permitió al partido reinscribirse dentro de una tradición teórica y política que había generado herramientas para pensar la doble opresión. Se argumentaba que el origen de la opresión femenina estaba en el surgimiento de la propiedad privada y de la división sexual del trabajo, que confinaba a las mujeres a las tareas domésticas y, en el contexto del capitalismo, a la dependencia económica de los maridos. De ese modo, se instaba a que las mujeres salieran de la condición exclusiva de amas de casa, se incorporaran al mercado de trabajo y pelearan en los sindicatos y en las calles por una serie de medidas dirigidas a protegerlas en su doble condición de madres y trabajadoras. Respecto del trabajo doméstico no remunerado, piedra angular de la desigual división sexual del trabajo, proponían la socialización de las tareas de cuidado al mismo tiempo que admitían que solo podría completarse plenamente en el marco de la revolución socialista. A pesar de que los debates en torno a la posible salarización del trabajo de las amas de casa no estuvieron presentes, la incorporación de este marco teórico “clásico” les permitió ganar profundidad y demostrar el diferencial de opresión que suponía ser mujer y trabajadora. Sin embargo, todavía en estos años formativos, la diferenciación respecto del feminismo en su conjunto (sin atender demasiado a su heterogeneidad), las privó de sumar aquello que señalaban con eficacia: que lo personal era político y que, por ejemplo, las tareas domésticas debían ser repartidas entre los miembros de la familia. La politización de lo privado no solo abría la posibilidad de una revisión presente en la situación de las mujeres, sino que permitía plantear una futura socialización en la cual no fueran solo las mujeres las encargadas de llevarla adelante. Con el tiempo, el partido revisó y complejizó muchos de estos planteos incorporando a la práctica algunos cuestionamientos a las actitudes machistas de sus propios compañeros. Pero en los años 90, pareciera haber sido más fuerte el reparo a no dividir las propias filas o “manchar” la reputación de militantes a los que se consideraba cuadros valiosos.
Como puede verse, el desarrollo de los planteos hacia el movimiento de mujeres era complejo y se realizaba teniendo que desarmar nociones muy establecidas en la cultura partidaria: el rechazo a quedar asociados/as con ideas que no fueran socialistas y la desconfianza hacia el feminismo. Entre las mujeres, todavía predominaba la visión de la militancia socialista como única vía legítima para lograr la emancipación integral. Mónica Urrestarazu, que en su juventud había militado en el PST y tenía contacto con las ideas feministas, lo cuenta de la siguiente manera:
Empecé a hablar con mis compañeras e introduje la cuestión de la doble o triple jornada-explotación-militancia como una suerte de explicación para poder desnaturalizar, o al menos cuestionar, eso que parecía como inamovible. Al principio me costó mucho convencerlas, pero enseguida me di cuenta de que si eliminaba el enunciado “en el feminismo se habla de…” e iba a los bifes, me entendían mejor. Y así fue. Era notable cómo criticaban al feminismo in toto. El único pensamiento emancipador respecto de las mujeres que entonces admitían era el de Engels. Al resto, al que igual no conocían, lo descalificaban: “El feminismo es una ideología pequeño-burguesa que ignora que no hay liberación para la mujer por fuera del socialismo” era el mantra (entrevista de la autora a Mónica Urrestarazu).
Un ejemplo de la dificultad para politizar lo “privado” lo ofrece una nota que escribió María Sánchez contra la posición del MAS, que en un taller del Encuentro Nacional de Mujeres había reivindicado el derecho al orgasmo femenino, como algo que trascendía a la lucha contra el gobierno.
El Mas considera que “la opresión de la mujer y en particular… su opresión sexual, implica revalorizar el goce pleno de las mujeres, el derecho que todas tenemos al orgasmo”. […] ¿Será por esto que el Mas considera que la “problemática específica” de la mujer está “más allá de la política del gobierno actual”? […] Sin embargo, y aunque puede sonar ridículo, el derecho al orgasmo tiene que ver con ellos, con los Menem y Cavallo. La posibilidad de disfrutar de unas horas de tranquilidad junto con la pareja en un lugar apropiado y con la seguridad de que no será interrumpida la velada —condiciones en general elementales para el orgasmo reclamado— también implican un dinero y condiciones sociales del que hoy los trabajadores carecen (Santamaría, 1993, p. 10).
La insistencia en separar teóricamente al marxismo del feminismo conducía al sostenimiento de una lectura lineal respecto del cruce entre clase y género, interesándose exclusivamente en la opresión de las mujeres trabajadoras, mucho más por trabajadoras que por mujeres. De este modo, aquellos aspectos relativos a la opresión de género que abarcaban a las mujeres en su conjunto quedaban completamente soslayados de la consideración del partido. Tal es así, que de la nota de María Sánchez se derivaba qué condiciones materiales adecuadas serían suficientes para un desarrollo pleno de la sexualidad femenina.
A pesar de las dificultades, el ingreso de numerosas demandas femeninas al debate partidario también creó mejores condiciones para dar lugar a la discusión sobre el aborto que comenzó a ocupar mayor espacio en la reflexión. Si bien el reclamo por este derecho tenía larga trayectoria en el partido, nunca había sido debatido en profundidad. Se daba por sentado un acuerdo sin mayores complejidades.
Otra cuestión resistida en aquellos años fue la implementación de la Ley 24.012 de cupo femenino, sancionada durante el gobierno de Menem, por la cual se establecía que al menos el 30% de los cargos partidarios debían estar ocupados por mujeres. Esta posición fue duramente criticada por “paternalista”, e incluso se la comparó con la creación de una “Rama femenina” (Santamaría, 1993, p. 10). Con el tiempo, el PO mantuvo esta posición y continuó afirmando que se trataba de una maniobra de embellecimiento por parte del mismo Estado, que seguía sosteniendo acuerdos con la Iglesia Católica. Sin embargo, al menos inicialmente, se trató de una norma fundamental que permitió la promoción de muchísimas mujeres a espacios de dirección y que ayudó a visibilizar la inequidad en el reparto del poder y establecer mecanismos de democratización efectiva. A partir de la incorporación obligatoria de candidatas mujeres, militantes como Nora Biaggio y Graciela Molle, ambas docentes, comenzaron a participar en actos partidarios y a dar entrevistas en medios de comunicación, todo lo cual les permitió ganar una visibilidad que hasta ese momento solo tenían dirigentes como Jorge Altamira o Pablo Rieznik.
Junto con la cuestión de la mujer también aparecieron las reivindicaciones de las minorías sexuales. Si bien la cuestión no fue objeto de reflexión específica, Prensa Obrera otorgó espacio a organizaciones como la CHA para que publicaran solicitadas y comunicados. Ese solo hecho muestra que el partido se consideraba un aliado del movimiento homosexual, aunque no promoviera acciones en sus propias filas. (Cigliuti, Esturao, Muñoz y Tedeschi, 1994, p. 12; Biblioteca Gay Lésbica Travesti Transexual y otros, 1995, p. 10 y María del Carmen, 1996, p. 8).
Hacia 1995, la llamada “cuestión de la mujer” ya tenía un lugar ganado dentro del partido. Sin embargo, el abordaje todavía era espasmódico. Se aceleraba en los meses en que se llevaban a cabo los Encuentros Nacionales de Mujeres y luego volvía a retirarse de la agenda partidaria. En aquellos años, la militancia se encontraba absolutamente tomada por las luchas contra el gatillo fácil, las persecuciones a militantes y el programa de flexibilización laboral y privatizaciones del menemismo. En este sentido, se observa que fueron los Encuentros Nacionales de Mujeres, tan resistidos en un inicio, los que le permitieron al partido ordenar y sostener una actividad dirigida a las mujeres. En ese año, la caracterización de los ENM comenzó a cambiar y pasaron a ser valorados en forma positiva y a reconocer que en muchos talleres se sostenían posiciones radicalizadas y claramente antigubernamentales. Es decir, que el movimiento de mujeres no era ajeno e impermeable a los planteos del clasismo y, en muchas mujeres, existía consciencia sobre cómo las afectaban las alianzas entre capitalismo y patriarcado. Desde entonces, la participación en el ENM se transformó en una instancia importante para el partido. Preparar con antelación las intervenciones, planificar los viajes, empadronar a las compañeras de cada barrio, sindicato y universidad constituyó una tarea que dio vida al movimiento de mujeres del Partido Obrero.
4. Hacia la creación del Plenario Autoconvocado de Trabajadoras (PdT)
El año 1997 se transformó en bisagra para la política del partido hacia las mujeres. Por primera vez, se organizaron actividades específicas para la conmemoración del 8 de marzo, pero, además, se conformaron comisiones de apoyo de esposas e hijos/as a determinadas luchas sindicales. Los casos más emblemáticos fueron los conflictos de los choferes de Transporte del Oeste (TDO) y de la editorial Atlántida. Ambos casos funcionaron como experiencias fundacionales para el partido que, en esos primeros meses de 1997, retomó la tradición obrera de construir lazos solidarios que excedieran los lugares de trabajo. Desde luego, no se trataba de experiencias novedosas: la historia del movimiento obrero estaba plagada de ejemplos de este tipo. Lo nuevo consistía en que el partido lo incorporaba a su repertorio de organización y lucha, imprimiendo un énfasis a la participación de las mujeres. Las comisiones de esposas e hijos/as en apoyo a los y las trabajadores/as en lucha apelaban a los tópicos de domesticidad tradicionales, posicionaba a las mujeres en un lugar de madres y cuidadoras, haciendo visible la otra cara de la familia obrera y poniéndole rostro a la desocupación como un drama que afectaba a toda la unidad familiar. En este sentido, las comisiones en ciernes retomaban la vieja tradición de las mujeres de ocupar el espacio público y politizar la división sexual del trabajo, sin cuestionarla. Para el partido tuvieron un significado muy profundo. Fue el aprendizaje de que la organización explícita de las mujeres habilitaba un proceso de politización y empoderamiento. Como recuerda Ileana Celotto:
La comisión de mujeres de Atlántida la conformamos justamente frente a la situación de un cierre de fábricas. Compañeras mujeres que en realidad nunca habían salido a hacer una actividad militante, no eran activistas, no eran delegadas, la mayoría ni siquiera trabajaba pero que después del paso por la comisión de mujeres, pasaron a ser otras. […] Luego, fuimos al Encuentro de Mujeres de San Juan y fue una experiencia increíble, porque bueno, yo no era una mujer obrera, era una mujer militante. Pero las otras, para ellas era una experiencia grande, dejar a los hijos, dejar al marido y fue importantísimo. Es el día de hoy que se acuerdan del viaje a San Juan.13
La afirmación de Ileana es relevante porque marca una distancia entre su experiencia dentro de la Comisión como “mujer militante” y la de las otras, las “esposas” que “no trabajaban”. Para ella, habitar la escena pública era habitual y liberadora en sí; para las otras mujeres, se trataba de una vivencia nueva que implicaba recorrer el camino de lo privado a lo público rompiendo con idearios de lo que significaba ser mujer. Aun en la década de 1990 seguía siendo habitual encontrar mujeres encarnando roles sociales tradicionales. Las páginas de Prensa Obrera dan testimonio de ese cambio en el orden subjetivo:
PO: ¿Cómo ha evolucionado la Comisión de Esposas?
CA: […] Al principio, era acompañar a los maridos. Hoy tomamos las banderas en nuestras manos, tenemos una organización, llevamos adelante la lucha junto a ellos (Silvia, 1997).
Las mujeres reivindicaban su acción a partir de sus roles domésticos: de la olla en casa a la olla popular. Junto con estas acciones, la participación en el ENM en ese año dejó un saldo organizativo mayor. El 12 de junio de 1997 el tema por primera vez fue tapa en Prensa Obrera. Como venía ocurriendo en los dos años anteriores, el Encuentro volvió a ser defendido como un espacio de lucha estratégico contra el gobierno y los planes de ajuste en el contexto de la irrupción del movimiento piquetero. Con esta valorización, volvía a reiterarse la crítica al método de deliberación no resolutiva, lo cual entablaba un punto de tensión con las agrupaciones feministas y, dentro de las izquierdas, con el Partido Comunista Revolucionario (PCR), que ocupaba un lugar de reconocimiento dentro de la Comisión de Organización:
Año a año volvemos a reiterar las quejas, pero no logramos una acción común que pueda transformar la situación. […] Pasar de los encuentros anuales a una organización nacional de deliberación y lucha. Esta es la asignatura pendiente que debe resolver el movimiento de la mujer, para pegar el salto político que plantea la participación decisiva de las mujeres en la lucha de todos los explotados (Plenario Autoconvocado de Mujeres Trabajadoras, 1997).
Fue precisamente esta caracterización la que permitió gestar la creación del Plenario Autoconvocado de Trabajadoras, que idealmente debía aspirar a cumplir esa función reclamada al ENM.
Finalmente, 1997 fue un año decisivo porque el partido determinó el inicio de un proceso de territorialización de su militancia que debía plasmarse en la apertura de doscientos locales en todo el país. Hasta ese año, el PO contaba con pocos espacios en las provincias en las que tenía presencia, y su actividad se reducía a cuestiones logísticas, organizativas o de vinculación para la propia militancia.14 A partir de ese año, y sostenido en la caracterización respecto del ascenso del movimiento de desocupados, el partido buscó relacionarse con la comunidad y organizar a los trabajadores/as a partir del territorio. Se trató de una política muy audaz, incluso en términos financieros. En las elecciones de ese año, quizás como resultado de esa misma política de mayor presencia territorial, el PO registró un crecimiento en su votación pasando de 27.040 votos en 1995 a 150.452 en 1997. Si bien la votación siguió siendo porcentualmente marginal, para el partido representaba un salto importante y la confirmación de que se encontraba en la senda correcta. Durante ese año y el siguiente, el PO se empeñó en propagandizar consignas dirigidas a la conformación de una Asamblea Nacional de Trabajadores Ocupados y Desocupados para construir un plan de acción conjunto.
Como puede apreciarse, toda la política del partido en ese año creaba mejores condiciones para la participación de las mujeres. La territorialización de la militancia iba acompañada de una feminización que no podía ignorarse y que terminaría de quedar palpable con la fundación de la organización piquetera Polo Obrero en el 2000.
El 6 de diciembre de 1997, el PO puso a prueba la línea de “Asamblea Nacional” con una actividad en el Estadio Argentino Juniors que había sido precedida por decenas de asambleas regionales. Con relación al movimiento de mujeres votó impulsar actos propios para el 8 de marzo y la organización de asambleas en todo el país, que dieran continuidad a los debates realizados en el marco del ENM. Sin embargo, aparecía una novedad. Por primera vez, se formulaba una crítica a la naturalización de los roles considerados “femeninos” abriendo una grieta para que lo personal pudiera ser también político:
Respecto de las demandas sobre guarderías y anticonceptivos gratuitos para toda mujer, queremos señalar que, si bien acordamos, es de fundamental importancia que estos puntos figuren en todos los programas de lucha impulsados por los distintos frentes, con las modalidades que en cada caso se consideren adecuadas. Cuestionamos que ambas consignas sean un «derecho» de la mujer, porque afirmarlas como tal sería acordar con las obligaciones consiguientes. Creemos que tanto la anticoncepción como las tareas concernientes al cuidado de los hijos son derechos tanto de hombres como de mujeres y deben ser tomados de manera conjunta. Relegar en las mujeres estas demandas es dar por supuesto que tales tareas son nuestras naturalmente. (Cristina, Gabriela, Guadalupe, Mariela y Mónica, 1997).
Ya a inicios de 1998 el PO comenzó a organizar a las mujeres de los barrios para la participación en las movilizaciones del 8 de marzo. A fines de enero convocaron a un Plenario Autoconvocado de Mujeres de Capital y Gran Buenos Aires en el sindicato de Molineros que debía realizarse el 6 de febrero. Esta iniciativa fue acompañada con la organización de asambleas de mujeres en todos los locales para preparar la asistencia al Plenario de febrero y comenzar a organizar los actos del 8 de marzo.
Miles de mujeres en todo el país abandonan las cuatro paredes de su casa para luchar por sus reivindicaciones. Esto constituye un salto político y social fundamental para toda la clase trabajadora. A pesar de todas estas luchas y nuestro protagonismo, todavía estamos dispersas y desorganizadas. Es imprescindible dar un salto. Es necesario que nos organicemos. Organizarnos es nuestro mayor desafío. Organizarnos será nuestra primera y mayor conquista. Organizarnos y movilizarnos es la llave para arrancar las reivindicaciones. (Partido Obrero, 1998).
El Plenario fue balanceado como un éxito rotundo y sirvió de plataforma para el lanzamiento de la propuesta de construcción de una agrupación de mujeres. El segundo Plenario se realizó el 20 de febrero con la participación, según las cifras dadas en la prensa, de alrededor de 90 mujeres, entre militantes y simpatizantes. Ese número puede considerarse pequeño, pero no lo era en las condiciones del PO de fines de los años 90. La cobertura del evento con entrevistas a mujeres representantes de barrios populares, delegadas de diversas comisiones internas o esposas de trabajadores en lucha, nos permite reconstruir cuál era el espectro de mujeres a las que el partido buscaba interpelar y organizar.
La construcción de “el Plenario”, nombre que aludía a la práctica asamblearia y a la democracia de base, era un hecho y la presentación pública tenía fecha: el 6 de marzo de 1998 en el marco de la conmemoración del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora.
Bajo una intensa lluvia, 400 personas asistieron el viernes 6, en Congreso, el acto convocado por el plenario autoconvocado de la mujer trabajadora. Fue un acto clasista que puso en pie un movimiento propio de las mujeres explotadas contra la opresión y la miseria, abriendo una perspectiva de conjunto a la lucha de todos los explotados. (Villanueva, 1998).
El sábado 14 se reunió la Mesa organizativa del Plenario autoconvocado de la Mujer trabajadora, de la que participaron las dirigentas Nora Biaggio, Vanina Biasi, Virginia Villanueva, Silvia Jayo e Ileana Celotto. Salvo Vanina Biasi, el resto de las dirigentas pertenecía a la generación que se había incorporado a la política en la década de 1970. Esta marca generacional debe ser analizada, sobre todo porque muestra el recorrido que estas mujeres hicieron respecto de las nociones previas acerca de lo que significaba la liberación de la mujer.
El 3 de abril se realizó el tercer encuentro del Plenario Autoconvocado de Mujeres Trabajadoras. Como ocurría en todas las agrupaciones sociales, sindicales y estudiantiles vinculadas al Partido Obrero, el PdT proclamó desde sus inicios la necesidad de sostener la independencia política respecto del Estado y de las organizaciones patronales. El PdT no fue concebido como una agrupación autónoma del partido, sino como fracción de mujeres del PO, con participación de independientes. Esto quiere decir que las mujeres podían sumarse sin ser del Partido Obrero pero, al hacerlo, aceptaban que la línea era definida por él.
A pesar del salto cualitativo que implicó la conformación de una agrupación de mujeres, los primeros tiempos no fueron sencillos y la actividad no terminaba de ser jerarquizada ni incorporada al conjunto de la militancia.
Más que vencer resistencias, hubo que aguantar la indiferencia o la condescendencia. […] una vez, antes de una reunión del PDT, me encontré de casualidad en el bar de la esquina de Ayacucho [el local central] un alto dirigente que criticó nuestra actividad “errática” (en eso tenía razón), pero sobre todo nuestra perspectiva “demasiado cercana al feminismo”, en la que no quedaba claro que problemas como la violencia o el aborto no iban a poder resolverse hasta que no tomáramos el poder. Le dije que el aborto era una demanda bien burguesa y que por algo estaba legalizado en varios países capitalistas, no sólo en Cuba y la Unión Soviética, pero que fuera burguesa no significaba que no la tomáramos sino todo lo contrario, porque las víctimas de la clandestinidad eran las mujeres pobres y no las burguesas. Y que la violencia ejercida sobre el trabajador no era equiparable con la que este ejercía sobre su mujer y sus hijos, ni mucho menos la justificaba. Como este dirigente, si no la gana la empata, me contestó con una filípica con ejemplos traídos de los pelos (recuerdo que usó mucho la palabra “alienación” para aplicarla a los varones), hasta que me levanté y me fui a la reunión, con el ánimo por el piso y con la certeza de que se me habían ido las ganas de “poner en pie una organización de las mujeres” lidiando con esas concepciones. (Entrevista de la autora a Mónica Urrestarazu).
Aunque no todos los relatos coinciden con esa caracterización, Ileana, por ejemplo, afirma que la política del PdT fue “tomada por todo el partido”. La existencia de estas rememoraciones pone de relieve que el frente de mujeres generaba incomodidad y que una parte de la organización asumía la tarea de un modo administrativo. A partir de ese año, el PO profundizó la militancia territorial y el trabajo por unir en un solo organismo coordinador a los trabajadores/as ocupados/as y desocupados/as. En el año 2000 esa tarea se tradujo en la creación del Polo Obrero, denominado así justamente como proyección de un “polo” de concentración de trabajadores/as. Esa herramienta posibilitó un crecimiento inédito de las filas partidarias que tuvo impacto también en el frente de mujeres.
El movimiento piquetero lo que hace es llevar los métodos de la clase obrera al movimiento de mujeres. Corte de calle, obvio, pero, sobre todo, asamblea. En los Encuentros Nacionales de Mujeres, aun hoy, se pretende llegar solamente a consensos que ni siquiera implican un programa o un plan de lucha. Pero hay un segundo elemento y es que, por las características de sus militancias, las mujeres de las barriadas chocan permanentemente con el aparato del Estado, y eso permitió una maduración política vertiginosa de este sector (testimonio de Olga Viglieca en el documental Paso a las luchadoras, Ojo Obrero, 2003).
Como había ocurrido con la experiencia en las comisiones de esposas, la intervención entre las desocupadas permitía una reapropiación específica del programa del movimiento de mujeres, posibilitando un proceso de politización con características propias.
5. Consideraciones finales
En las últimas décadas del siglo XX, los partidos de izquierda incorporaron, cada uno a su tiempo y con tonalidades propias, muchas de las demandas que venía sosteniendo el movimiento de mujeres y el feminismo en particular, cuya presencia se tornó patente en la década de 1980.
El Partido Obrero fue una de las últimas formaciones de la izquierda en incorporar la problemática de las mujeres. En los primeros años de 1990 emergió como una inquietud desde las propias bases militantes, contra la dirección del partido que opinaba que no existía una “cuestión femenina” o veía que la organización específica de las mujeres podía resultar “divisionista” y funcional a los planteos del “feminismo burgués”. Entre 1993 y 1998, el PO transitó un camino que le permitió incorporar paulatinamente las demandas de las mujeres a su programa e ir dando forma a una caracterización y definición propia sobre para qué, con qué objetivos y cómo organizarlas. Ese proceso de búsqueda identitaria, de incorporación de tópicos nuevos y delimitación respecto de otras propuestas, tuvo su primer punto de arribo en la fundación, en marzo de 1998, del Plenario de Trabajadoras.
En este trabajo se intentó demostrar que se trató de un recorrido conflictivo, contradictorio, con muchas idas y vueltas que expresaban la resistencia de la dirección del partido a incorporar la temática. En este sentido, el PO transitó un proceso que partió de la invisibilización y llegó al reconocimiento de la legitimidad de las demandas, así como también de la delimitación del feminismo como principal objetivo a la consideración de muchos de sus aportes, en especial, de la importancia estratégica que comenzaron a adquirir los Encuentros Nacionales de Mujeres como catalizadores de la lucha política en todos los terrenos. Se consideraron, además, las organizaciones de mujeres como “separatistas” a la construcción de una organización propia.
Ese camino fue sostenido, fundamentalmente, por un pequeño núcleo de mujeres del partido que ya ocupaban responsabilidades políticas (aunque no necesariamente eran miembros del Comité Central), y tenían la legitimidad para dirigir esa construcción sin entrar en colisión con la dirección. Año tras año, fueron complejizando los análisis e incorporando temáticas nuevas sin abandonar completamente la idea de que las demandas de las mujeres se resolverían con la abolición de la sociedad de clases. La política de enfocar la cuestión exclusivamente desde el punto de vista de clase (reverencia a un marxismo que no admitía otras influencias), soslayaba la problemática desde el punto de vista de las mujeres como una totalidad, impulsando solo aquellas reivindicaciones que interesaban a las trabajadoras. El temor a la división de la clase obrera funcionó como obstáculo para pensar en qué medida el sexismo y la opresión masculina sobre las mujeres también operaba al interior de la propia clase, generando múltiples formas de desigualdad y violencia.
Pese a la propia percepción del partido, se observa que este conflictivo ingreso de las demandas femeninas a la agenda política del PO fue resultado del ascenso del movimiento de mujeres, del feminismo y de muchas de sus conquistas.
Al cambiar el siglo, el matrimonio entre marxismo y feminismo seguía sin ser del todo feliz. Sin embargo, se habían producido cruces y mixturas por demás interesantes que permitieron dar forma a una organización de mujeres que, sin considerarse feminista, daba lugar a muchas de sus históricas demandas.
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Notas
Recepción: 13 Octubre 2021
Aprobación: 16 Abril 2022
Publicación: 01 Septiembre 2022